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La Coctelera

Novaymedice

8 Febrero 2006

ALEIXANDRE

Bien, sí, ya no podía esperar más. He aquí al hombre que me ha hecho delirar durante mil noches de insomnio, que me ha hecho temblar, sumergirme, salir nuevamente, para leer una y otra vez el mismo verso, para leerlo y releerlo en voz alta...a veces, sólo sin quererlo escucho "pétrea rosa sin sangre" y la piel se congela. He aquí a un surrealista, panteísta, neorromántico, neoplatónico (nada simple, creanme, nada simple)...a un hombre que pretende que un abrazo mortal lo haga desaparecer en el cosmos..."Comemos Sombra"
Que lo disfruten. De nada.

Todo tú, fuerza desconocida que jamás te explicas
Fuerza que a veces tentamos por un cabo del amor.
Allí tocamos un nudo. Tanto así es tentar un cuerpo,
un alma, y rodearla y decir: “Aquí está” Y repasamos
despaciosamente,
morosamente, complacidamente, los accidentes de una
verdad que únicamente por ellos nos denuncia.
Y aquí está la cabeza, y aquí el pecho, y aquí el talle y su
huida;
y el engolfamiento repentino y la fuga, las dos largas
piernas dulces que parecen infinitamente fluir,
acabarse.
Y estrechamos un momento el bulto vivo.
Y hemos reconocido entonces la verdad en nuestros
brazos, el cuerpo querido, el alma escuchada,
el alma avariciosamente aspirada.

¿Dónde la fuerza entonces del amor? ¿Dónde la réplica
que nos diese un Dios respondiente,
un Dios que no se nos negase y que no se limitase a
arrojarnos un cuerpo, un alma que por él nos
acallase?
Lo mismo que un perro con el mendrugo en la boca calla
y se obstina,
así nosotros, encarnizados con el duro resplandor, absorbidos,
estrechamos aquello que una mano arrojara.
Pero ¿dónde tú, mano sola que haría
el don supremo de suavidad con tu piel infinita,
con tu sola verdad, única caricia que, en el jadeo, sin
términos nos callase?

Alzamos unos ojos casi moribundos. Mendrugos,
panes, azotes, cólera, vida, muerte:
todo lo derramas como una compasión que nos dieras,
como una sombra que nos lanzaras, y entre los dientes
nos brilla
un eco de un resplandor, el eco de un eco de un eco del
resplandor,
y comemos.
Comemos sombra, y devoramos el sueño o su sombra,
y callamos.
Y hasta admiramos: cantamos. El amor es su nombre.

Pero luego los grandes ojos húmedos se levantan. La
mano no está. Ni el roce
de una veste se escucha.
Sólo el largo gemido, o el silencio apresado.
El silencio que sólo nos acompaña
cuando, en los dientes la sombra desvanecida, famélica-
mente de nuevo echamos a andar.

Vicente Aleixandre

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M

M dijo

En respetuoso silencio me quedo Clarinete.

8 Febrero 2006 | 02:41 PM

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