Codos

Abrió el diario y comenzó a leer los anuncios de departamentos. Sólo por curiosidad. Se sentía a gusto con el suyo.
Las ventanas estaban abiertas de par en par. El ventilador funcionaba a velocidad máxima y emitía un sonido engorroso, como aquél que anuncia una muerte cercana.
Su mano yacía inmóvil junto al vaso de agua que, apoyado en la esquina del diario, impedía el abrupto movimiento de las hojas.
El tiempo transcurría con furiosa lentitud.
Miró el reloj. Eran las once de la noche y hacía tanto calor que agarró los cigarrillos y salió a la calle.
Desde que se había mudado sola, había dejado de frecuentar los bares; allí estaba cómoda. Es una extraña compañía cargada de ausencias; soledad entumecida.
El salón estaba prácticamente vacío. Sólo había un hombre con una gastada camisa escocesa. Sus codos estaban apoyados en la mesa y su mirada gélida estaba fija en el semáforo de la esquina.
Durante el día, esta esquina era una de las más transitadas del barrio. De noche, poseía una existencia vidriosa.
En la radio sonaba un bolero, de aquellos que nos recuerdan a nuestra niñez, al cálido despertar de un fin de semana, a los padres leyendo el diario en algún sillón verde, mientras en la tele el violento ruido de un motor recibe a la mañana de un domingo.
Todo era distinto entonces.
De repente recordó el pasaje de un poema que reza “Poco importa poco amor o poca vida, no es tan malo” y se quedó pensando en aquellas palabras, largo tiempo. Era una lástima que el hombre de la camisa escocesa las desconociera por completo, ya que seguramente el también solo había nacido para observar paredes.
Mientras contemplaba aquella figura cansada, aquel cuello arrugado, sucio, la mano sosteniendo con fuerza el vaso casi vacío, la idea de “poco amor poca vida” cada vez cobraba más fuerza y concluía: no es tan malo.
Desde su lugar podía oír el ruido metálico de la vajilla acomodándose en la barra. De los mil y un cortados que habían sido consumidos por gente como ella.
Se levantó y caminó hacia la única mesa ocupada. Se sentó y ordenó otro café. El hombre la miró. Sus ojos eran negros, fuertes.
Usted nació para observar paredes – le dijo.
Él Volvió a mirar el semáforo. Su comentario no le había molestado, podía verlo en su cara.
El mozo le sirvió otro cortado. Volvió a abrir el diario y a mirar departamentos. Señaló algunos que le habían gustado.
Ya corría más viento en la calle; pidió la cuenta y salió del bar. Desde afuera volvió a mirar una vez más hacia adentro, volvió a percibir esa existencia vidriosa, onírica.
Se quedó parada un minuto. No estaba triste.
Encendió un cigarrillo y emprendió el regreso. Mientras caminaba miraba las baldosas quebradas violentarse a sus pasos. Un hilo de agua corría desde la vereda hacia la calle. Recordó nuevamente aquella figura cansada sosteniendo la vida en sus codos.
Aspiró la última bocanada de humo y arrojó el cigarrillo. Miró hacia atrás por última vez. El sujeto seguía sentado. Todavía podía ver la tasa sucia de café que ella había usado, junto al vaso vacío.
Pensó en la gente, en la que no estaba en el bar. Pensó que al final todos robamos rosas de las avenidas de la muerte. Sonrió y siguió caminando.